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CUANDO UN MENTOR GUARDA SILENCIO...  
CUANDO UN MENTOR GUARDA SILENCIO...

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por Christina Nunes - meridius@superig.com.br

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Desafíos. Dilemas dolorosos de lo cotidiano... ¿Quién no los tiene?

Pues esta semana los he enfrentado. Y - ¡lo confieso! - cual sucede a cada dos por tres con el ser humano más avisado, más centrado, en algún momento los problemas pillan desprevenido a cualquiera. En mala hora. En un instante cualquiera de mayor debilidad. De falta de preparación para situaciones que, al fin y al cabo, y tal como pasa con todas las otras, no cuentan con ensayo previo para poder evaluar cómo será nuestro desempeño.

Así, debido a acontecimientos extemporáneos que me pillaron en uno de estos momentos de mayor vulnerabilidad, acabé perdiendo los estribos. Y durante dos o tres días viví momentos difíciles, que me robaron la flema habitual en el trato con las eventuales dificultades. Momentos hubo en que lloré, y solo me faltó patalear de rabia, de desorientación.

Sin descuidarme completamente, no obstante, de la necesidad de atemperar actitudes y pensamientos a fin de no desconectarme, en auténtica crisis, de las dimensiones invisibles donde residen los mentores con quienes convivo en nuestra lid literaria de carácter mediúmnico, busqué la manera, antes del sueño nocturno, o en momentos de aislamiento, de apelar a la bendición medicamentosa de la plegaria - ¡Remedio eficaz, certero para todos los males del alma!

En desamparo, contemplaba la bella imagen de Jesús sobre el santuario de mi salita, y le entregaba la situación para cuya conducción satisfactoria me parecía no estar preparada. ¡Confié mis plegarias, actitudes, y el curso de los acontecimientos, al Maestro de la mansedumbre, que desde siempre a tantos reconforta en momentos de aflicción! E imploraba de Él, también, la gracia del concurso del mentor de las esferas invisibles que está más cercano a mí. Pedía confortación, dirección; un indicativo cualquiera por parte de él, de conforme estaba a mi lado; ¡de que, de hecho, no me hallaba sola!...

De este modo pasaban las horas, ¡y solo obtenía silencio!

Y la exasperación iba en aumento, y la sensación de desorientación se acentuaba. Hasta que, no pudiendo conmigo misma, allá por el tercer día del atolladero, a solas en casa, me planté decidida ante el retrato mediúmnico colgado en la pared de otro ángulo de mi salita. Y me entregué a un diálogo duro, y - ¡pobre de mí - completamente insensato!

- ¿Es que no ves lo que está pasando aquí? ¡Mira! ¡Estoy sola aquí, ahora! ¡¿No podrías al menos darme un indicativo de tu presencia a mi lado, en este momento difícil que estoy atravesando?! ¡Una señal cualquiera aquí en casa, una demostración de que de algún modo estás influenciando de manera benéfica a la persona en cuestión! ¡Estoy seriamente enojada contigo, Cayo!...

Esperé, sensata, aturdida, sentada a solas en el silencio de mi casa. Totalmente olvidada, en mi estado de trastorno, de la metodología, presente en años de convivencia, con que mi paciente mentor suele manifestarse en diversas situaciones importantes de mi vida - ¡Mediante el lenguaje mental, telepático! - a excepción de los momentos que dedica a la asociación mediúmnica de la psicografía, durante la producción de los libros.
¡Pero aun así, nada diferente sucedía!

Miré el reloj. Era la hora de ir a recoger a mi hija a la escuela. Sin poder demorarme más, y momentáneamente desanimada de todo, eché otra ojeada al bello retrato mediúmnico, donde la imagen solemne del antiguo militar romano parecía contemplarme con afecto e increíble realismo, y como diciéndome: ¿cuántas veces aún tendré que advertirte sobre lo mismo?...

Llegué al colegio y, aislada del agitado aglomerado de madres, padres y familiares que acudían a buscar a sus críos, me ensimismé mientras esperaba, acomodándome en el quicio de una escalerilla, contemplando el arbolado que componía siluetas caprichosas contra el cielo límpido del atardecer de otoño. Durante breve instante, me desligué de la realidad de mi entorno, y de la salida de los chiquillos desbandando en alborozado alarido.

¡Y fue en ese estado de breve desconexión cuando de pronto, fuerte, al fin la voz, tan familiar a mi espíritu, se hizo oír!
- ¡¿Por qué no te desentiendes de esta situación de una vez?! ¡Suelta el control! ¡Abre mano, confía en el fluir de la vida! ¡Contempla este cielo azul inmenso, infinito, por encima de ti! ¡¿De veras te parece que el Creador de todo esto, el que sostiene el equilibrio de todas las cosas en el Universo, no conducirá a satisfacción este atolladero de importancia tan relativa en la totalidad de los acontecimientos?!... Y repetía, enfático - ¡Entrégate! ¡Si no atinas con una salida por ahora, abre mano! ¡Confía! ¡Solo mantén quietud durante algún tiempo! ¡Guarda silencio! ¡Y observa el curso de los acontecimientos!...

Me dijo únicamente eso. Y todo volvió al silencio nuevamente.

Para mí, no obstante, y aun a pesar de mi desolación y desfallecimiento interior, aquello fue lo suficiente. ¡A fin de cuentas, había sido atendida mi súplica llena de inconformidad, propia de aquellos momentos en que un eclipse total ofusca nuestras mejores dotes de lucidez espiritual!

Y guardé silencio. En los días posteriores - no sin cierta dificultad interior, fuerza es reconocerlo, contra los impulsos irreflexivos adoptados interiormente - rehíce mis actitudes y pensamientos. Cambié radicalmente mi postura frente a las circunstancias que venían atollándome en aquel callejón sin salida.
Y, ¡maravilla! Tal como había prevenido el mentor del mundo mayor, siempre oportuno en su intervención - todo se deslindó a satisfacción, ¡como en encantador pase de magia!

He aquí el relato franco a los lectores amigos, con el propósito de compartir otro aprendizaje útil sobre el sabio modo de actuación de guías y amparadores desencarnados, que lealmente nos acompañan desde la vida invisible a los ojos físicos - contestándonos, según el caso, ¡con el silencio!

¡Porque, queridos, es en el silencio donde a menudo deslindaremos las aparentemente más difíciles situaciones!


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